¿Por qué a veces el humor no nos hace reír? El duro flagelo del Stand Up Comedy criollo

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Desde hace un poco menos de diez años, se ha ido popularizando en Chile el género del “stand up comedy”, en el que, básicamente, un tipo se para frente al público a hacer un monólogo, sobre x tema que, aparentemente, resulta gracioso para el público. Me costó entender la diferencia entre un compadre que hace stand up y un humorista común y corriente hasta que, un amigo, me explicó que el humorista cuenta chistes mientras que, el que hace stand up, hace un análisis “socioantropológico” de la realidad que, finalmente hace reír.
Honestamente, no me convenció mucho la respuesta. Yo sé que hay mucha gente que al parecer se mea de risa pero, creo que jamás me he reído con un stand up de acá. Es más, creo que la mayoría de la gente que ha presenciado un stand up, no se ha reído, o al menos se ha esforzado para reír para que el pobre “comediante” no se sienta mal en su pituto de fin de semana. Sin embargo, esta disciplina ha ido en aumento, hasta el punto en el que, célebres próceres del humor, editan DVD´s con sus rutinas. No hablo de Coco Legrand, claramente, sino de gente “un poco” menos graciosa, como Pedro Ruminot.

 


Según mis registros, esta basura comenzó a hacerse popular con la SCA y después con el Club de la Comedia y de ahí no ha parado de crecer. De todos modos, hay que tener muy en cuenta que, el crecimiento del stand up, es inversamente proporcional a su chistosidad. Dicho de otro modo, cada vez está más lleno de giles y gilas, más fomes que la cresta, que están convencidos de que pueden hacer reír al resto. Pero no. A mí, y a muchos otros miles, no nos hacen reír y dudo que alguna vez lo hagan. No creo que sea un problema con mi sentido del humor. Puede que sea un amargado de mierda, pero tengo un sentido del humor bastante normal. El problema radica en que, el 99,9% de la gente que hace stand up, es más penca que la chucha, así de simple y no se dan cuenta porque existe una importante cantidad público ahueonao que se siente más inteligente por reírse a la fuerza de cualquier cosa contada en este formato.

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¿Por qué son fomes? ¿Quién soy yo para decir que otra persona es fome? ¿Dónde está mi magister en humor? Obviamente, tengo todo en contra y no tengo “autoridad moral” y desgraciadamente, soy una persona común y corriente y no creo tener méritos “demostrables”, para calificar a otro de aburrido pero, tengo una serie de argumentos basados en el mero sentido común, que podrían resultar bastante aceptables.

 

1.- Gran parte de quienes hacen stand up en Chile subestiman a su público

Me acuerdo, cuando Villouta hacía sus clases de humor por Youtube – no sé por qué las vi, pero las vi – y pensaba “que chucha este hueón”. Siempre haciendo referencias a cómicos extranjeros, a escritores, a guionistas, a programas que sólo los iluminados conocen. Después caché que esa era la tónica y que, creerse más inteligente que el público, es una máxima dentro del stand up chileno, junto con el tono de sarcasmo, la ironía recurrente y la parada de superioridad moral e intelectual Está bien, los chilenos somos bastante básicos para reírnos pero, de ahí a que seamos hueones, es otra cosa.
“Es que el stand up es humor inteligente” te dirán. Las pelotas, loco. Humor inteligente son los Monty Python, no un chungo de pelotudos que se aprende las rutinas de Seinfeld, las tallas de 30 Rock o que le celebra hasta los peos a Lena Dunham. ¿Qué tiene de inteligente eso? Pero, claro, “si no te ríes, es porque no lo entendiste y eres tonto”.

 

2.- La utilización de vocabulario y temas vulgares gratuitos como recurso recurrente

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El humor tiene que ser vulgar, siempre. El humor blanco de Pirulete, la Cuatro Dientes o Ruperto es más fome que la cresta y de eso no hay duda. Siempre que veo a Yayo me cago de la risa, pero también con Capusotto. Las puteadas y la vulgaridad son graciosas en la justa medida. No porque la Rufinelli hable del pico “a calzón quitado” o se vanaglorie de su “empoderamiento”, va a ser chistoso. Es más, ¿qué puede ser menos gracioso que imaginarse a Villouta o a la Rufinelli culiando? No es gracioso, es grotesco.

El otro día vi unos videos de “comedia hardcore” y lo único que tenía de hardcore era que hablaban con chuchadas y del pico, la zorra, la menstruación y todo tipo de fluidos corporales. y eso sería todo. ¿Es eso gracioso? A veces puede serlo pero, cuando se transforma en el único recurso, aburre. Aburre bastante. Puede que sea una herencia de La Dictadura, dónde no se podía decir ni poto en público y por eso ahora, cada vez que escuchamos un garabato, nos causa gracia. Pero, por la chucha, está bien una vez. No puede ser ese el eje de una rutina, a menos que seas parte de Los Atletas de la Risa porque, al menos, a ellos les resulta, nadie dice conchetumare con más maestría que el Guatón.

 

3.- La sobre estimación de las reales capacidades para hacer reír


Todos, aunque esté muy fondeada, tenemos la capacidad de hacer reír a otras personas, aunque sea en alguna ocasión. Sin embargo, eso no significa que todos seamos graciosos y podamos hacer reír al resto, todo el tiempo. Sólo unos pocos tienen la habilidad de hacerlo. Incluso, hay gente que no es graciosa, pero que igual hace reír, con sus caras, su forma de ser, hablar, qué se yo. Además, hay veces en las que uno anda más “chistoso” y le salen mejor las tallas pero, otra vez, no se puede hacer una generalidad de algo que ocurre un par de veces.

El stand up chileno se basa en la premisa de que, quien lo ejecuta, tiene gracia, cosa que no ocurre en el 99% de las ocasiones y, quienes creen serlo, no hacen más que causar vergüenza ajena. Claro, seguro son graciosos en un carrete, hacen reír a los amigos o son “el alma” de la fiesta con un par de piscolas pero, de ahí a ser realmente chistoso y hacer reír a un público desconocido, hay miles de kilómetros de diferencia.

 

4.- El abuso del “se han fijado”
Muchas de las situaciones graciosas, son cotidianas y ocurren habitualmente y, aunque sea un hecho rutinario, descrito de cierta manera y, abordado de cierta perspectiva, puede resultar chistoso. Pero, puta la hueá, está bien un par de veces y hacer un par de tallas al respecto, pero construir una carrera en base a observaciones “graciosas”, respecto de las trivialidades de la vida, me parece como musho lusho.
Además, el 99% de los que practican el stand up en Chile, mezclan la trivialidad con la vulgaridad. ¿Cuántas veces podís hacer una talla sobre la caca y el pichí? Todos cagamos y meamos, varias veces al día, pero no es algo de lo que se pueda sacar mucho material para muchas rutinas.
Al final, el “se han fijado”, se transforma en una rutina que no hace reír.

 

5.- El recurrente aprovechamiento de la contingencia política

La contingencia política y social siempre son buenas fuentes de risa, siempre y cuando, sea utilizada de forma correcta, como por ejemplo, Capusotto. Pero, en Chile, el aprovechamiento de la contingencia se resume exclusivamente, en decir lo que la gente quiere escuchar, una especie de populismo de comedia. Por eso, siempre van abundar los chistes fáciles sobre los políticos, el gobierno, la derecha, etc. Esa actitud de Robin Hood y defensores del pueblo me descompone. Es como si “sólo ellos” tuvieran la capacidad de hacer un agudo análisis de la situación de un país, cuando en el fondo caen en puros lugares comunes, bajo un falso revestimiento de valentía. “Este tipo se mete con los poderosos”, “hace eco del clamor popular”. Mis pelotas, loco. Valiente fue Manolo González, que se rió de los milicos en Viña, en plena dictadura, no un perejil que repite cantinelas sacadas de El Ciudadano, Twitter o que copia discursos de taxista descontento.

 


De todos modos, amiguitos, creo que, lo más pernicioso del stand up mal hecho, es que se expande rápidamente y cada vez hay más gente convencida de que puede hacer reír a otros. Lo peor de todo es que no conocen la autocrítica y como gremio se cubren las espaldas de fomecidad entre ellos. Sólo de nosotros depende ponerle fin a esta plaga.



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