Loserpower recorriendo Chile, hoy: El Roxy, cine porno para caballeros

Santiago Centro debe ser uno de los lugares de Chile más emblemáticos, de eso no hay dudas. La centralización del pecado y sus seguidores es evidente. Lo mejor: todas las micros llegan, nadie se salva de él. Desde los edificios gubernamentales, pasando por iglesias, institutos, universidades, picadas de completos, mercado ambulante, tiendas de botones, cordones y mochilas, cafés con piernas, cafés con tetas, cafés con choros, cafés con cachitas, topless y cines pornos. Ésta vez, Loserpower y su equipo de suicidas editores, se adentraron en varios cines especializados en porno duro y mariconeo seguro. Hoy: El Cine Roxy. Próximamente: los demás. Porque nos gustó esto de arriesgarnos por ustedes, monos culiaos.

Es increíble pensar que hoy, año 2010, sigan existiendo los cines pornográficos. Lo digo básicamente por la expansión descontrolada de microempresarios que se dedican, llueva o tiemble, a distribuir en todas las colas de feria del país, gran variedad de pornografía grabada -quién lo creería- en la mejor calidad y de todos los géneros. Por ejemplo: yo vivo en Quilicura, en el trópico mismo, masnáhtedigo, y cada domingo veo cómo mis vecinos, amigos sin polola, viejos culiaos con los que me voy en la misma micro, incluso yo, sin ninguna vergüenza, adquieren a luca títulos como: Black Insemination, Sex Mature party, Sex Machine, My first teacher sex class y tantas otras, juntas en pack de 3 y vendidas por su propio dueño. Por eso extraña, porque la facilidad de adquirir porno a precios ridículos es tan, pero tan fácil, que pensar que alguien va al centro y paga por ver una película que cualquiera podría bajar de internet, ver online en Youjizz.com o Tube8.com o, en el peor de los casos, comprarla a algún sicópata sexual al final de la feria o el persa, parece casi un acto de rebeldía contra Internet, los reproductores de devedé o el comercio ilegal de películas. Aún así es posible. Mucha gente, de todas las clases sociales, con acceso a internet, acceso a porno barato, va, se sienta, desabrocha su pantalón y disfruta de 15 minutos de satisfactorio placer.

Otra vez, quién escribe esta hueá, más mi fiel compañero de aventuras Leviatán, partimos sin miedo y curados de espanto a recorrer algunos cines que, en varios próximos textos, publicaremos en Loserpower.

Era temprano, hora de almuerzo. Los ejecutivos tomaban un aromático café de grano colombiano arábico exportado de Estados Unidos en los elegantes cafés de Ahumada atendidos por señoritas decentes, buenasmozas, madres, esposas y muy profesionales. La fauna es extensa y diversa. Conviven en el Caribe o el Haití estos mismos peces gordos con Juniors que se sirven su completo en el Don Pepe o en el Ravenna, mientras que ellos pagaron 10 lucas por una ensalada en el Ruby Tuesday. En el centro la sociedad no tiene matices, no tantos al menos, o en volá no nos damos cuenta. Con la pichula en la mano somos todos iguales. Vulnerables, expuestos y diminutos. En el porno es igual. En los cines son lo mismo.

El Roxy está ubicado en una galería antigua, una construcción típica del centro. Varios pisos, hartas tiendas perdidas que en sus vitrinas venden artículos médicos, pilas recargables, casets de la nueva ola, relojes, rollos de cámaras y repuestos de celulares. El nombre de la galería es Portal Edwards y está ubicada en el Paseo Huérfanos  #1055, aunque también se puede entrar por Compañía, al lado del Hites, frente al desaparecido City Hotel. Lo paradójico es que en el mismo subterráneo en donde está ubicado, está también la entrada al Museo Precolombino. El Roxy, eso sí, no siempre fue un antro de mariconeo y compulsiva masturbación. En su época de oro fue un cine familiar y uno de los más elegantes. Sus extensas filas de asientos solitarios rememoran épocas mejores, cuando se podían ver películas como James Bond o Star Wars.

Al bajar por las cortas escaleras y llegar a la entrada del cine el ambiente de este es casi familiar. Varios tipos con camisa y pantalones color crema conversan en la entrada. Una tele está prendida y transmite Los Venegas. Se nota que el tipo encargado de vender confites, dulces, galletas y minerales, no está muy interesado en las dobles penetraciones, ni en los cumshot y mucho menos en los gangbang, que el cine transmite de forma rotativa desde las 10 de la mañana hasta las 21 horas. Preguntamos por las entradas, somos dos, andamos de short y con mochilas al hombro. El culiao, que debe ser el dueño o el administrador, nos mira con cara de “Si son huecos deberían ir a culiar a su casa” y nos dice que por el costado izquierdo hay que comprar los ticket. Igual es muy raro que una mina, una mujer, nada de mala, tampoco muy rica venda las entradas. Eso sí, su pelo fucsia y su onda media punk, me parece más que apropiada. Se ve media perra tras el mostrador.

-Cuántas? me dice sin mirarme, mientras cambia el dial de una pequeña radio a pilas marca Crown

Dos, le contesto, y la misma mirada del encargado se repite.

Me da la impresión que nos mira como media decepcionada. Seguramente para ella es normal ver juniors, ejecutivos, banqueros, cajeros, jubilados, heladeros, lustrabotas, guardias y estudiantes pasar por su caseta, todos solos yo cacho. El Roxy no es precisamente un lugar para ir acompañado. Me pasa los tickets ($2.000 por las dos entradas, es miércoles, normalemente valen luca y media cada una) y me mira fijo mientras mastica un chicle. Miro a Leviatán y veo que su concentración está en sus zapatillas. La vergüenza lo mata. Entramos.

La sala es grande, profunda y oscura. Se ven unos 3 ó 4 hueones, todos viejos, parados en la entrada, apoyado en unos pilares que deben estar pasados a pico o raja. Fuman, se rascan los cocos y escupen. El cine es de ellos. Con Leviatán encendemos los celulares para cachar los asientos, alguien nos mira, no lo vemos pero lo sentimos. Nos sentamos en la tercera fila desde atrás hacia adelante. Si había pichí, semen, pendejos o escupo en los asientos, éramos porque ni nos fijamos. Las butacas son cómodas, de cine viejo, como las del desaparecido Lido. A nuestro lado no hay nadie por el momento.

La película que se proyecta es como el hoyo. Muy mala, repetitiva y demasiado sobreactuada. Uno tiende a pensar que si pagai luca por entrar a un cine porno, mínimo es ver algo chocante, rancio, extremo y casi ilegal. Pero no, una escena de sexo interracial, en donde una rubia se come la pichula de un negro hasta los cocos mientras una brunette se mete los dedos por el sapo no sorprende a nadie. Menos a nosotros, eminencias en el género. La película avanza y sigue más o menos la dinámica de una común porno. Nada extraño pasa en la pantalla del Roxy, no así en las butacas. No sé ve mucha gente, probablemente están. A lo lejos, en los primeros asientos se ve una luz que delata a un jubilado que intenta grabar la película con su celular. El resto lo disimula bien. Le digo a Leviatán: “Oe, voy a sacar la cámara, quiero grabar algo”. Gran error. Si alguien quier hacerla piola y grabar como espía en un cine hay que procurar tener una compacta, de otro modo pueden meterse en problemas. Lamentablemente, por no tener una camarita de esas chicas, la exagerada luz, rayos láser y el montón de pescás que traen casi nos delata. Grabamos puro sonido y en negro.

En el intertanto, mientras intento grabar sin que las luces culiás multicolores de mi cámara nos delaten, un culiao se sienta en la fila de atrás. Leviatán se percata y me avisa. Le ponemos atención y guardo la cámara. El hueón se mueve un poco, se acomoda, de reojo lo miramos y casi no se distingue. Sin duda es un hueón de más de 45. La película avanza y el compadre no se mueve mucho hasta que se escucha como desabrocha su cinturón. Conchetumare, el hueón se está corriendo flor de paja a nuestras espaldas. Jadea, se mueve, suspira. Lo está pasando bien el muy reconchesumare. Levi se urge, yo quiero virarme. 3 minutos, 5 minutos, no sé, con cuea fue una pose en la escena y se fue. Al baño supongo, a limpiarse. Nunca volvió. Mejor nos corremos más al rincón.

El cine sigue en una extraña calma, un culiao gordo camina por el pasillo y sale por el foyer o como se llame esa hueá con cortinas. Lo sigo con la mirada pero no me ve. Me fijo que en la entrada están los mismos hueones que estaban afuera, los dueños o administradores, no importa. La hueá es que nos miran. Uno escupe, otro fuma. Seguimos viendo la película. Llevamos unos 25 minutos dentro y la escena interracial cambió a una confusa toma en un gimnasio. Una mina vestida de lycra conversa con unos hueones musculosos, semidesnudos y con pelo estilo techno Nina Discoteque. Se la quieren puro afilar entre 4 ó 3, no sé. Sigo mirando a los hueones de la entrada. Levi me dice “estamos tentando al destino, culiao, guarda la cámara”. Pero quiero conseguir un video del cine, de la gente y de esos hueones que sospechan de todos sus clientes. Y no es para menos, todos y de verdad digo TODOS los que entran a ver porno son sospechosos. Y el encargado está en su derecho de ser un desconfiado culiao, porque sabe que una luca no vale la pena cuando se trata de limpiar semen en las butacas.

A la mina ya se lo están metiendo arriba de una trotadora y en la primera fila un hueón gime. Pasa un rato y camina por el pasillo. Nos damos cuenta que la sala está casi vacía. Por lo mismo intento grabar nuevamente. Leviatán intenta taparme para no alumbrarla tanto, pero es tarde. Sin hueveo, hermano, el loco del foyer, el que estaba afuera y nos dijo donde comprar la entrada, el que se para en la entrada cuidando su cine fumando y escupiendo porque por último la pescá es de él, se nos acerca, rápido, sin titubear y le paga un wate a la butaca de al lado. “Qué hueá estai haciendo pendejo culiao, erís periodista?”. Conchetumare, quedamos helados. Nos vuelve a echar la espantá. “Querís que te quite la hueá de cámara, conchetumare o que te pegue un par de patás en la raja? Váyanse par de maricones, vayan a culiarse al cerro”.

Nunca había visto a Leviatán tan chorizo, yo me quedé quieto, helado, cagao de miedo, mientras Leviatán se para y se puso brígido. “Que hueá viejo culiao, no me la vengai ná a trabajar de choro, conchetumare”. Nos paramos y nos vamos rápido, el viejo escupe, no sé si a nosotros o al piso. Al salir otro viejo nos dice “Maricones reculiaos, no los quiero ver en mi cine”, “Pa´lo que necesito venir a un cine piruja a pajiarme, enfermo culiao” y libramos. La mina que vende las entradas nunca se enteró de nada. Ni siquiera nos miró, nada. Miro para atrás y todo sigue normal. Para el administrador debe ser pan de cada día. Salimos a Compañía y nos metemos a la galería, revisamos la cámara a ver si grabó la espantá del viejo y nuestras reacciones. Nada, nunca apreté el botón. Pico, porque somos confiables y nos tendrán que creer nomás.

Tabla de datos (sí, como en la Estokada).

Nombre: Cine Roxy

Dirección: Huerfanos #1055, subterraneo.

Valor: $1.500 Lunes, Jueves, Viernes, Sábado. $1.000 Martes y Miércoles. No sé si abren los domingos. Lo dudo, yo creo que van a misa.

Cartelera: Nunca hay nada fijo, el día que fuimos daban Colonia Nudista, Cruz Roja Sexual y La Obsesión de la Madre Superiora. al menos es rotativo y por luca podís estar todo el día viendo porno y haciéndote unas asquerosas pajas insalubres. Una buena manera para matar la tarde si se es jubilado.

Baños: Alcanzamos a pasar al principio y son limpios. Pero mas vale no correr riesgos y no tocar nada. Hay harto confort y jabón. Ahora, de qué está hecho ese jabón? Suponemos que igual se deben afilar en los baños, no vimos a nadie en esa, pero es muy inocente pensar que no lo hacen. Si les molestan los grafitis, cagaron. Está lleno.

Ambiente: Acogedor? no sé si es la palabra adecuada. Es oscuro, las luces de los costados jamás se encienden. El ambiente no es tan sofocante como se tiende a pensar de los cines porno. Pero es parte de la magia. Sentarse sobre medio litro de semen debe ser una experiencia.

Confitería: Sí, y es lo más ahueonao porque venden serranitas, cariocas, natur, pululos y cuchiflis. Para beber tienen minerales y mini coca.

Personal: Contamos unas 4 personas, más el hueón que debe estar supervisando la proyección. Y trabaja una mina, sí señor. Una punky que vende las entradas. Para los habituales del cine debe ser su fantasía erótica violársela en la caseta culiá donde pasa metida todo el día. Eso sí, son todos brígidos, cuidado.



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